Marca registrada en cada carnaval la voz inconfundible de Hugo Quiroz es la que nos recibe y nos despide en cada edición de la máxima fiesta montecasereña. Quizás entre tanto tumulto y entusiasmo, y acostumbrados a escucharlo, pase inadvertido y no podamos ni siquiera imaginar los años que hacen que Hugo es carnaval.
Más de cuatro décadas de trabajo no lo hace solamente un icono de la locución local, Hugo Quiroz es la historia andante del carnaval montecasereño. Quedarse a charlar un rato con él es como entrar en un viaje al pasado y ver pasar en palabras más de cuarenta años de carnaval.
Minutos antes de lo que fue la entrega de premios, en esta edición 2011, Diario del Bicentenario puedo apartar por unos minutos a Hugo Quiroz para felicitarlo y a la vez preguntarle sobre esta interesante historia que es ser parte de la historia. “Son cuarenta y dos años y siempre agradecido a Carlos Borovinsky, ya que mi hermano, Ricardo Quiróz era locutor de los carnavales junto a él y a los otros locutores de la época como eran Don Arturo Pareja, Morco Krimmer, Roberto y Nino Vich, Jorge Pérez. Desde muy pequeño, quizás con seis años, estaba yo siempre acompañando a mi hermano”, explicó Hugo sobre sus iniciadores en el trabajo de la locución.
Consultado sobre si recordaba aquel primer año de locución, sin titubear, rememoró “Después de viajar para estudiar en un colegio de curas con solo 12 años, retorné a Monte Caseros a los 16 años, cuando la escuela se cerró. Fue entonces cuando fui invitado a integrar la Comisión de Carnaval por mi amigo, el Negro Maciel. Una noche, estando en el palco, sucedió que la hora de los corsos había llegado, puntualmente las diez de la noche, momento en que la sirena de alguna ambulancia marcaba el momento (Esta sirena después fue reemplazada unos años después por la de bomberos, y hoy es una de esas costumbres que se extrañan). Todo estaba listo, era necesario empezar, pero Carlos Borovinsky el locutor oficial de esa noche no aparecía. Fueron a buscarlo, y allí se enteraron que había tenido que viajar a Buenos Aires. Ante el desconcierto, alguien en la comisión de carnaval preguntó si yo me animaba… y ldije sí. Ahí surgió la vocación de locutor, animador”.
Agregando detalles a esos primeros años acotó “Había cumplido recién los 17 años, tenía la locución como un hobby. Había hecho radio en Bella Unión, cuando se grababa en los famosos Winco, esos enormes grabadores de 40 x 30, con cintas abiertas. Tenía también algún conocimiento, me gustaba la locución, pero nunca había hecho improvisación que es una experiencia nueva. Así fue como comencé. Hubo años en los que hice locución de carnavales, otros que no, pero dentro de los 42 años, habrán sido entre 5 y 6 los años en que no cumplí esa función. Hay que innovar, incorporar nuevas personas. No digo que impuse un estilo, pero a la gente le gusta el modo en que lo hago y eso hace que tenga esta trayectoria, que cuando falto se note la ausencia, y eso lleve a que retorne al Carnaval, que es una experiencia tan linda, de la que se aprende tanto”.HAY QUE EMPEZAR DE NUEVO
Consultado sobre los sinsabores que pudieran haber existido en tantos carnavales no recordó nada malo sin embargo se lamentó diciendo “La única frustración que asocio al carnaval es haber tenido en mi casa las historias completas de cada una de las comparsas, las que un “señor” me pidió prestadas para sacar datos, pero nunca devolvió. Era un oficial de una fuerza, que fue trasladado al sur llevándose todo el material de Monte Caseros, dejándonos sin esa valiosa historia del Carnaval. Afortunadamente, aunque la memoria no está tan intacta porque marca el paso del tiempo, hay cosas que no se olvidan ya sea por haberlas aprendido de otros, por haberlas escuchado o por haberlas vivenciado”, explicó Hugo reflexionando en voz alta que se tomará nuevamente el trabajo para mantener todas esas historias dejándolas escritas.
ANECDOTAS
Entre tantos recuerdos, Hugo alargó un poco más la entrevista y comenzó con las anécdotas, así surgió por ejemplo los inicios de Orfeo, “Mi hermana era integrante del grupo que lo conformó y era además parte de la comparsa. En aquella época se utilizaba mucho la tela de strass, y el tul que era lo mejor que se podía tener en un traje. Siendo pequeño, mi mamá me llevaba a Uruguay en los meses de mayo o junio, cuando se comenzaban a armar los trajes, y me envolvía con diez o doce metros de tul, cubriéndome luego con un saco o un abrigo. Gordito como era volvía más aun, y me moría de calor, a pesar de que era invierno, pero eso posibilitaba que parte de la comparsa recibiera la tela de varios colores para armar los trajes. En aquel tiempo los lugares para comprar las telas eran Uruguay o Brasil, donde se conseguían mejores precios”.
Sobre la confección de los instrumentos o de las coronas de las reinas recordó “Las coronas de las reinas no eran como hoy, espectaculares trabajos artesanales, hechos en strass. Se cortaban latas de dulce de batata, marcando el pico en forma de corona, y se pintaban de dorado. Algunas llevaban piedras y otras eran artesanalmente dibujadas con una tijera. También recuerdo que en los meses próximos al Carnaval “desaparecían” los tachos de lata de 20 litros en que las familias sacaban la basura para que la llevara el carro. A esos tachos se les quitaba el fondo para lograr el tambor, quedaba luego salir de caza al campo en busca de vizcachas o conseguir cueros -que muchas veces no se sabía de donde venían-, hacer un aro, coserlos y estirarlos con alambre para hacer el tambor. Otros más sofisticados se armaban con grampas con tornillos., pero más allá de eso los tambores eran hechos por uno. Para hacer los cencerros, por ejemplo, durante meses se juntaban en los bailes las tapitas de “Coca Cola” y de “Bolita” –gaseosa elaborada por la familia Brogiolo- , para juntarlas con un pedazo de riel y un martillo, golpeando hasta aplanarlas y dar forma a los distintos tamaños de cencerros”.
Ante la inevitable consulta de cómo cambiaron los tiempos Hugo destacó “Los tiempos cambiaron porque cuando se hacía locución e improvisación de todo el carnaval, no había amplificación como hoy. Solo estaba Roberto Vich con una consolita de 80 o 100 vatios, a lámpara, que alimentaba siete parlantes bocina a la derecha y otro tanto a la izquierda. Entonces, la música no era amplificada, era llevada por las escuelas de samba con trompetistas del ejército. Entre Shangay, Orfeo, Arlequín, Vagalume, Dominó, Suspiro de España, Estrella de Oriente -y las que fueron pasando- la pelea era en ese entonces por ganarse al trompetista. Ese sistema de sonido del que disponíamos daba el tiempo para hablar, hoy este tiempo no existe. Los samba enredos surgieron entre el ´74 y el ´75, antes de eso era la misma música siempre, sin que nadie la cantara lo que permitía al locutor describir los trajes, comentar en un espacio de entre 45 minutos y una hora, todo lo que tenía que ver con la comparsa. Hoy solo hay un pequeño espacio para resaltar las principales figuras mientras el samba va contando el tema de la comparsa. Incluso en este 2011 los presidentes de comparsa pidieron que los locutores no hablen. Es una decisión que tiene su justificación pero que a la vez priva a quienes ven el espectáculo de saber aunque más no sea quienes bailan, qué representan… creo que las figuras principales no pueden ignorarse…”
Sobre la presión que genera enfrentarse al micrófono, y la responsabilidad que esto conlleva Hugo aconsejó “No hay que olvidar que uno está hablando para 15.000 personas. Hablar con propiedad, sin cometer errores ni hacer comentarios que pudieran interpretarse como ofensa. Hay que ser totalmente imparcial en las expresiones, y tener coherencia. Estar preparado, tranquilo, adelantado el pensamiento en lo que va a decirse ayuda a que, en 50 mil palabras que uno pueda decir en una noche, el error sea mínimo. Está claro que de todas formas este puede ser el que marque tu camino y digan, por favor que no vuelva más…”
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