La noche del primer viernes del mes de marzo atraía al hall de la Estación del Este la sencilla, y atractiva, propuesta que permite a los casereños acercarse en torno al saber, al hacer, y al querer, que forman parte de nuestra más íntima esencia.
Cerca de las 22hs., del viernes 4 de marzo, las tenues luces de la entrada iluminaban
ya un espacio poblado de las voces de los amigos de siempre, reunidos una vez
más, ávidos por dejarse sorprender por la Fundación Centro Cultural del Este –organizadora
del evento- a sabiendas que tan bien logra siempre hacerlo.
El dúo compuesto por Ageda Balbastro y Lolo Avalos, llegados
desde Mercedes, relajaba los sentidos y predisponía al placer, seduciendo con
un variado popurrí de grandes temas románticos de todos los tiempos. Sus voces,
perfectamente ensambladas, se unían además para relatar su propia historia
musical, nacimiento de la familia que celebran juntos desde hace muchísimos
años.
Cedían luego el espacio a la Profesora Alba Ferré quien ponía
voz al poema del casereño Romi Espinoza, titulado La Mesa Sencilla. Era esta la
introducción que abría las puertas de la Vieja Estación del Este para exponer
una nueva colección de tesoros.
Una mesa grande, sencilla, tradicional, de clásico almuerzo,
permitía al imaginario retroceder a algún feliz momentos compartido, escuchando
de lejos volver a esas charlas
desordenadas, superpuestas, de a ratos interrumpidas por la risa, tan típicas
del encuentro de quienes tienen tanto por decirse aunque haya pasado muy poco
tiempo sin verse.
A su lado una mesa antigua, soberana. Con grandes sillas de
elevados respaldos, y un original candelabro, en forma de ángel, mostraba otro
aspecto: el formal, el severo, el propio de acontecimientos importantes y
encuentros ligados a momentos trascendentes, de esos a partir de los cuales
pueden que cambiarse rumbos.
INTERESANTE MUESTRA
Como en otras ocasiones el encuentro permitió además el
encuentro en retrospectiva con el ayer, con la historia de personas que permite
entrever incluso las similitudes con la propia historia, en un viaje al pasado
tornado presente tangible en cada uno de los objetos expuestos.
Un tesoro escondido, las cortinas que fueran de la casa del
Dr. Samuel W. Robinson, ciudadano ilustre y filántropo de la ciudad,
delicadamente bordadas en tul. A pocos pasos una colección de vestidos de
quinceañeras mostraba los trajes tanto de Irupé Pezzarrini y de María Emilia
Piloni, como de sus madres, dando cuenta de la transformación que en materia de
moda ocurre en tan corto lapso, entre generación y generación.
Viejas pertenencias de una familia tradicional como la de
Silva-Silveira, también se agrupaban, cerda de parte de la colección de Tomás
Areta que, resguardada desde la vitrina, mostraba años de coleccionar pequeños
y perfectos autitos miniatura.
Como en esta oportunidad la propuesta se concentró en torno
a la mesa, también pudieron degustarse -y adquirirse- galletas y panes saborizados realizados por
Inés White, Silvia Marturet y Gimena Villa.
Complementando el recorrido, se exponían las pertenencias del Mercado de Pulgas el Rastro del Este.
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