Si están en ayunas, si las piernas no les dan más, si el calor ya los agobia…¿a quién le importa? En definitiva no podrán abandonar la fila de ese banco que los tiene de rehenes si lo que quieren es cobrar su plata, un derecho que les corresponde por haber trabajado toda la vida. Una vergüenza que parece paralizar a las autoridades bancarias que no parecen perturbadas por una escena que se repite sin que hagan nada. El Nación, todo un Banco, sin ni siquiera lugar para sentarlos.
Con una pereza que se despliega como un latigazo, los cajeros van moviendo –y removiendo- los papeles. Tampoco hay que confundirse, ellos también son víctimas de un sistema que los enfrenta a atender a personas que, en promedio llevan ya entre tres y cuatro HORAS esperando, de pié, ser atendidas.

Una caja para clientes. Dos para pagos de jubilaciones, pensiones y beneficios sociales, transferencias bancarias, pagos de impuestos y otros trámites (sí, todo mezclado). Una fila serpenteante, infinita, que recorre un edificio que es un orgullo por su belleza y amplitud, pero el que, entre tanta armonía, carece de corazón.
¿Qué mejor destino podría darle una entidad prestadora de servicios a tan elegantes pasillos y tan amplia construcción que un paso mucho más ágil por sus instalaciones? Aún sin ser constructor, cuesta creer que –en el mismo y amplio espacio- en que generaron los “gallineritos” para separar al público de la ventanilla, no se hubieran podido instalar con eficiencia algunas otras cajas, como señal de respeto y consideración.
Y eso, sin restarle ninguna agilidad a los gráciles paseos que ejecutan los bancarios no afectados a ventanilla por el amplio salón que se encuentra detrás de las cajas. Y también sin quitarle centímetros al sector de atención VIP –este sí con cómodos silloncitos- donde rapidito entran y salen los conosidisímos y conosidísimas de la localidad.
Abuelas y abuelos con niños con edad que no permite su escolarización, comparten fila con embarazadas, y gente con problemas de salud, con la misma paciencia que los que el único inconveniente que tienen es estar perdiendo media (o toda) su jornada laboral quizás únicamente para cubrir un pago.
¿ESTAMOS TODOS LOCOS?
A las 5.30 a.m. la fila es larga. A las 7.30hs, el Banco ya abrió, sigue sin cambios. A las 10.30hs. se ingresa al banco y es posible encontrar de nuevo –todavía casi sin moverse- ¡a la misma gente que estaba en fila a las 7.30!. Evidentemente no hay hora donde se destrabe el cuello de botella. Once, once y media, el Banco ya cierra la puerta!!! (¿y por qué?)
Doce, doce y media….Los chicos están hartos. La madre quiere que se callen, y uno, que griten más fuerte, exteriorizando lo que todos sienten. Los viejitos tienen cara de que no dan más. En el aire flota esa sensación de que, entre los clientes, una chispa se va a volver incendio al menor contratiempo… Parece que cayó el sistema… La gente empieza a mirarse, y los comentarios dicen que con suerte hay que calcular que en promedio las cajas se desocupan por completo rondando la una y media del mediodía ¡Por el amor de Dios!
¡Parece que volvió el sistema! ¡Alabado sea! Y sí, cerca de la una y media, después de haber pasado tres horas preguntándose que empleado tiene el rostro más prometedor para jugarse y plantear que así a la gente no se la puede seguir tratando. Que no puede haber un promedio de entre 300 y 400 personas varadas, rehenes del banco (porque en la mayoría de los casos están realizando trámites que solo en el Nación pueden efectuar), solo con dos bloques de cuatro sillas, y un bidón de agua medio vacío que tira, al sediento, un gratificante vaso de agua que, encima, sale tibia.
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