Hay dos modos de ver los acontecimientos: uno mira sólo la
superficie, lo que se ve, se puede tocar, medir o pesar; en cambio, el otro
modo de ver va a lo profundo, al sentido de las cosas. Es la mirada que brinda
la fe. La fe ve más allá, sin distorsionar la realidad. La fe no inventa cosas,
tiene otra mirada sobre ellas.
Los datos exteriores
son los mismos para todos, por ejemplo, un alumbramiento en medio de una noche
silenciosa y fría en Belén. Sin embargo, lo que para unos no significaba nada
especial, para otros fue algo extraordinario. La fe es como un haz de luz que
penetra los acontecimientos y les da un sentido nuevo. Sin el don de la fe,
tampoco se goza de esa visión. En cambio, con la fe se alcanza a ver ‘más
lejos’.
En efecto, mientras el mundo dormía –observa el evangelista
san Lucas– unos pastores vieron y escucharon al Ángel que les dijo: «No teman,
porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy,
en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor».
El Mensajero de Dios precisa algunos datos: «Esto les servirá de señal:
encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un
pesebre». Aparentemente nada extraordinario para esos hombres que estaban
habituados a ver nacimientos. Sin embargo, atentos a esa voz, no dudaron en
seguir sus indicaciones y se dijeron unos a otros: «Vayamos a Belén, y veamos
lo que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado». En medio de la noche,
estos hombres, que tenían el oído atento, se dejaron guiar por la Palabra hacia
la dirección correcta.
Llegados al lugar, “encontraron a María, a José y al recién
nacido acostado en un pesebre». Ésa era la señal que el Ángel les había dado de
parte de Dios. Los pastores no se encontraron con un fenómeno extraordinario.
Al contrario, estaban ante una escena humana, sencilla y conmovedora. Sin
embargo, allí vieron mucho más de lo que sus ojos podían registrar:
reconocieron a María y a José y al recién nacido. Aun en medio de tantos
alumbramientos que habrían visto en el transcurso de sus vidas, ellos supieron
ver en éste la señal de Dios, esa señal por la cual la multitud de los ángeles
alababa a Dios, diciendo: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a
los hombres amados por él!» (Lc 2,14).
Pero, como sucede en todos los tiempos, la multiplicidad de
imágenes y de voces no favorece el recogimiento y sosiego interior para poder
escuchar y ver. Estamos habituados a una mirada ‘corta’: distraídos, nos
volcamos a las cosas, creyendo que en la satisfacción inmediata encontraremos
respuesta a esa sed de Dios y de plenitud que posee todo ser humano,
independientemente de la época, cultura o pueblo en el que haya nacido.
Huérfanos de sentido, giramos en torno al pequeño haz de luz que proyectamos
desde nosotros mismos y no vemos el horizonte amplio y trascendente que nos
brinda la fe. Es necesario volver a Dios y animarse a descubrirlo pequeño y
despojado de todo poder. Para ‘verlo’, es preciso inclinarse y doblar la
rodilla. Esa experiencia es inaccesible al soberbio y al que sólo mira su
propio interés. En cambio, es siempre posible para el que está dispuesto al
diálogo y al encuentro; para el que abre la mano y suma esfuerzos para mejorar
la vida de sus hermanos; para los hombres y mujeres que buscan sinceramente la
verdad, obran con justicia, están dispuestos a reconciliarse y a perdonar. Ésos
experimentan la alegría y la paz que sólo Dios puede dar.
En el Año de la fe se nos invita a redescubrir la belleza de
creer en Dios y contemplarlo en Jesús cercano y comprometido con la historia de
los hombres. Cada paso que damos, cada acontecimiento que vivimos, no son
ajenos a Él. Dios se ha unido tan íntimamente a nuestra condición humana, al
punto que nada de lo que nos sucede le resulta extraño. «María, José y el
recién nacido acostado en un pesebre», es la gran señal de la cercanía de Dios
al hombre: su amor indestructible por la humanidad. La fe nos da la certeza de
esta realidad y, por su parte, la razón nos ayuda a entender que sólo un Dios
que se ha acercado al ser humano hasta ‘ponerse en su lugar’, haciéndose
semejante a él, puede ser comprendido y acogido por el hombre. ¡Dichosos
aquellos que descubren la verdad de Dios y se dejan atraer por él!
La verdad de Dios emociona profundamente cuando lo
contemplamos pequeño, cercano y confiado en los brazos de María y de José. Él
quiso para sí mismo una familia. Ñandé Navidad Correntina Paraïté es así,
porque nuestro pueblo siente que la familia –constituida por el varón y la
mujer, y abiertos generosamente a la vida– es la ‘postal’ que mejor refleja a
Dios que se nos ha revelado en Jesús. Por eso, nuestra gente creyente vive con
alegría y convicción los valores de la vida y la familia.
Démonos tiempo para celebrar con fe esta Navidad: no nos
dejemos arrastrar por la fiebre del consumo que nos aplana el espíritu y deja
vacíos; preguntémonos en familia cómo podemos vivir más cristianamente estas
fiestas; participemos en las celebraciones de la comunidad; y, sobre todo,
hagámonos ‘cercanos’ de los que están solos, de los ancianos, de los que sufren
y de los pobres. Vivamos en el Año de la fe un estilo bien cristiano y
correntino de celebrar la Navidad, donde siempre haya lugar para el perdón
sincero, la alegría de la fiesta y la paz del encuentro.
¡Que el Niño Dios llene de paz y alegría a nuestras
familias, y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad!
Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispo de Corrientes
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