El trabajo conjunto desde la Secretaría de Promoción Humana, la Secretaría de Desarrollo Local y la Dirección de Obras Públicas posibilitó una nueva entrega de viviendas financiadas con recursos propias de la Municipalidad de Monte Caseros.
Catalina Rojas, de Barrio Aviación, recibió formalmente la vivienda que, con dos habitaciones, cocina comedor, y baño, trae finalmente tranquilidad a su familia compuesta por tres hijos, ya que reemplaza una construcción sumamente antigua, ampliando las instalaciones y reemplazando el sector donde se erigían ya peligrosamente las paredes, y los techos no prestaban adecuado cobijo.
Del mismo modo, con construcciones siempre de material, techos de chapa y pisos cerámicos, instalaciones de agua, cloaca y eléctricas completas y sanitarios y cocina terminado, se realizaron otras cinco entregas de casas.
También en Barrio Aviación, Dahiana Romero, otra mamá de tres pequeños con un hijo adicional en camino, mostró con orgullo su casita, prolijamente ordenada, sumamente limpia, y cuidada en sus detalles desde el precioso jardín que montó en el camino de entrada. En el jardín trasero, conserva aún –ahora como un pequeño espacio techado, al que se derrumbaron las paredes-, el precario predio de mínimas dimensiones donde hasta hace algunos meses, vivían como podían, latente la esperanza de que la posibilidad de mejora llegara.
En Barrio Gauchito Gil, Susana Vargas recibe con su dos pequeños: uno en brazos, el otro llegando apenas a tironear de su falda. Muy joven, es simple, en ejemplificar el cambio que representa para ella contar ahora con esta vivienda de cocina amplia, baño y dos cuartos. “Vivía con la abuela o donde podía porque me dejaban. Está es ahora, por fin, nuestra casa”, cuenta contenta.
Miriam Sandoval, en Barrio Chopo Areta, celebra con sus cuatro hijos, y uno muy próximo a llegar, la recuperación del hogar, perdido por completo por un incendio. Tras esta tragedia, estrena hoy la vivienda con cocina, baño y dos cuartos, tranquila ya, dedicada a esperar que en las próximas semanas llegue su próximo niño o niña, ya que aún “no se muestra”, cuenta con emoción e intriga.
Claudia Romero, en Barrio Belgrano, es mamá de ocho niños, y mientras siempre lamentará la falta de aquel que naciera vivo, pero falleciera pocos meses después afectados por problemas de salud, se alegra profundamente por el cambio de vida que implica tener esta vivienda y haber podido dejar atrás la preocupación constante que traía vivir en el precario rancho. “Cualquier lluviecita nos corría a lo de mi mamá”, recuerda con una sonrisa amplia, mirando justamente el techo de chapa sobre el que está cayendo la lluvia mientras el grupo disfruta su sonido y la presencia de las visitas.
Esta mamá que lleva consigo la tragedia de la pérdida de un hijo que no pudo ver crecer, muestra también su valor y su lucha, fuerzas que la llevan hacia adelante buscando para sus hijos esta vida mejor. Con alegría, y un gran talento, le ha regalado a cada uno de sus niños hermosos dibujos pintados por ella en las paredes, de algún modo recordándoles esa pertenencia que está impregnada en cada pequeño y cuidado detalle de la vivienda.
ULTIMA PARADA
El recorrido termina en la zona rural. No es un lugar cualquiera sino nuevamente la pujante comunidad del kilómetro nueve donde tan tangible es el cambio, resultado del trabajo incansable, codo a codo y desde el llano, de vecinos y comuna.
Martina recibe en este caso la construcción solicitada y realizada junto a Tomás Piris. Martina es ella misma un millón de historias. No llega a los cuarenta años, vivió en el Paraje toda su vida, y allí tuvo también su primer hijo a los quince años. Y del mismo modo, a los catorce que siguieron a este.
Risueña, muy feliz, sumamente agradecida, muestra también lo que queda del lugar donde fueran concebidos estos quince hijos: un pequeño espacio de barro y madera que nada tiene en común con la casa de varios dormitorios, cocina y baño en la que hoy vive con el medio puñado de niños que todavía la acompañan, ya que la mayoría ha formado sus propias familias.
Con un chiquito de apenas tres en brazos, jura “que se cerró la fábrica”, pero su energía y entusiasmo son tan tangibles, que no podríamos afirmar con certeza que podrá sostener esta promesa. Después de todo, Martina parece haberse tomado realmente en serio la tarea de poblar este rinconcito de Monte Caseros que cada día se va poniendo más lindo.
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